Y encontré al amor de mi vida en aquella banca que confundía vilmente entre una conversación monótona y una deuda que con churros o enchiladas tenía que ver. Sin querer buscarlo y sin tratar de encontrarlo, pues desde niño comprendí que las cosas grandes no se las encuentran en días grandiosos, son aquellos los insignificantes, los capaces de bañarme en gloria ante los ojos de dios y del mundo. Juré y re juré que mis intenciones fueron las mismas desde el momento en el que salí de mi casa hasta cuando nerviosamente llegó el instante de aquel combate de la aproximación, sí, como todo bellaco vacilé descaradamente en la cara de ella; ya no era momento para suposiciones, ya no era momento para sospechas, sólo había que considerar, lo que sea, lo que en ese momento ella transmitía. El pretexto burlón de romper el hielo con un helado que se encargó muy aparte de provocar una gripe que hasta ahora no se cura; una credulidad inédita, nunca antes percibida, en ese momento aquel aliento muy cercano a la confianza que le tenía a la que desconocida en ese instante era, se incrementó de una forma excepcional. Ahí estaba, sentada frente a mí, la irreconocible chica de los mensajes de texto, la extraña de las salidas extrañas, la escondida muchacha del fleco y cabellos de arco iris, tan anónima y tan conocida, a veces tan ignorada y otras veces inexplorada; todo lo que hace un año pasó no pasó nunca más, pues me agradan las conspiraciones que arma mi mente en cuestión de segundos, debe ser otra persona, me preguntaba en silencio cuando me era irrealizable recordar lo que hacíamos en nuestros encuentros anteriores, y ella, ¡qué memoria por Dios! los recordaba. Y la verdad es que, no recuerdo mucho del dos mil once, hay cosas que verdaderamente no quisiera recordar nunca más, pero, misteriosamente, mis salidas con ella, las pocas, deben ser las escasas cosas que no quisiera jamás olvidar, así hayamos sido sólo amigos, conocidos, inseparables o adictos, me agradó y mucho, aquella etapa del año que quisiera que de a pocos desvanezca.
La cordialidad no se disfraza ni se finge, sólo una persona repugnante es capaz de intentarlo hacer, yo advertí el cariño, yo advertí los tocamientos indebidos a un brazo que se prestaba para derramar afecto que surgió de la nada y luchó por quedarse con nosotros aquella noche mágica del helado, las latas, las mentitas, los cigarros, los heridos, las mordidas y otros pormenores que con pretender tenían y mucho que ver. Pero ¿pretender qué? si ni siquiera hubieron intentos de iniciar algo, ni de insinuar algo, no hablemos de consignas que para eso muy claras estaban las cosas aquella noche, volverse loco con la vida y no dejar que la vida nos aloque. El corazón no miente y la cabeza no se equivoca, yo me enamoré de esa chica tan infrecuente aquella vez, lo hice y me sentí feliz de renovar una sensación que muy alejada de mí tenía por ese entonces. Difícil hablar de amor, en ese anochecer el amor se hizo presente también, tal vez aún se mantenía enterrado, con la incertidumbre y el recelo de no volver a equivocarse nunca más, pues era inevitable no preguntárselo ¿parece amor? y fue el tiempo quién despejó todas mis dudas. Me moría de ganas por besarla, tan cerca, tan juntos, tan adheridos, infinitas ganas de probar y procurar, infinitas ganas de sentir y presagiar, infinitas ganas de tropezar y hallar; cuando menos lo pensé ya habíamos juntado los labios y ya nos estábamos besando, el primer beso para siempre, el que nunca se olvida y siempre, pero siempre se recuerda y en ese instante yo era más conocido que desconocido, más sensibilidad que dolor, más voluntad que instinto, más presente que pasado, más hombre que alcohol; Dios, y para siempre éste será nuestro primer beso y por primera vez el acto fue correspondido y vi la perfección en ella, la sentí, la viví y la disfruté. Que nunca, pero nunca se acabe la noche, que nunca, pero nunca, el día se atreva a matar al anochecer, que nunca, pero nunca, la luna deje de alumbrarnos. Y no lo hizo, en ella están depositados los más grandes secretos que alguna vez he contado, ella, la luna, es testigo de las veces en las que he adorado como nunca he adorado a una mujer en mi vida. Ella sabe, lo sabe y lo entiende; y yo, lo estoy viviendo. Soy una persona con suerte y debía agradecerle al destino, pues fui y me encontré con ella que no era ella nunca más; agradecer que aquella noche el anhelo triunfó y se posicionó por encima de la apatía. No tenía dudas de que me había vuelto a enamorar. Lo medité por la noche, solo y feliz. Lo consulté con sosiego, en silencio y en paz. Fue la primera vez en mi vida que me di cuenta que, no la quería para mí, sólo para mí, la quería conmigo y por más extraño que suene, la manía que no era hipocondría, de volver a verla, apareció al día siguiente, y al siguiente, y siempre aparece. Imposible confundirme, a estas alturas de mi vida y al nivel en que la vivo, tenía claras mis sensaciones y mis sentimientos, aunque odie esa palabra, las tenía claras, ése día, más que nunca, al verla desaparecer por el camino, recordé lo que es echar de menos a alguien y desear de verdad que un reencuentro se aproximará, lo más antes posible y si es posible, que el reencuentro dure toda una vida, porque estoy seguro que, una vida a su lado, es lo que quiero con todas mis fuerzas.
Continuara...
DEDICADO CON MUCHO AMOR A STEPHANIE DÍAZ.
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