Juro que lo pienso, que lo medito, que lo analizo y que hasta trato de no descartarlo, pero siempre termino recluyéndolo, de mi cabeza, por lo menos. No es fácil, me lo he dicho tantas veces que, odio cuando mi propia ironía me ataca suavemente; saber que es lo que sienten aquellos reprimidos a los que embisto con sarcasmo, es el peor castigo que me acomodo. Y lo seguiré considerando seguramente pero no por los siglos de los siglos, lástima que no puedo y creo que no me engaño en el momento que hasta mi sombra me abandona y la fidelidad se asocia, gracias a la desesperación, a un amigo que no existe ni que vive, pero que sí sabe cómo hacerse inmortal en mis manos.
La crisis de la noche anterior se prolonga por la mañana, cuando al sol le da por querer jugar el papel de mediador fortuito en pleno invierno, por supuesto que lo logra, por supuesto que lo desea, por supuesto que lo anhela, y por supuesto que lo goza, no hay mayor satisfacción para él, la de cohibir con sus rayos a un desamparado que poco entiende de la realidad en ese momento, que nada sabe de seriedad aquel instante, pero que mucho comprende de arrepentimientos y de errores en cada decisión hábilmente tomada por la madrugada.
Sí, los motivos los tiene el sol, pero las razones le sobran a la luna, la otra amiga inmortal, la desinteresa, la que me mira y me inspira tantas cosas, entre ellas, la de mojar la palabra ¡cómo no! La que se maneja en la imprudencia, que para su conveniencia nunca me informa que no es contagiosa, pero que más temprano que tarde me contamina por completo.
Mas todo es al revés, en un momento incómodo que se confunde con una eternidad, trato de mezclarme entre tantos amigos inmortales que tengo, pero mi inocencia me delata, pues cuando menos me doy cuenta, en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, ya me dije y con la señal de la cruz pido permiso para hablar con el único ser inmortal que a diferencia de los otros, no es mi amigo. Y digo que es al revés porque no logro comprender esta ineptitud mía de creerme un ser perpetuo por las noches y balbucear entre súplicas no dejarme morir así por las mañanas.
Por qué le dará tanto sentido a mi vida, o mejor aún, por qué creo que se lo da, me niego a analizarlo, yo sé pues que, los resultados serán diferentes, pero el hecho será siempre el mismo, he dicho que me niego a admitir que es la tristeza tal vez la base y fuente, el fondo y forma, la cabeza y pies, de este problema que no es problema pero que me mete en muchos de ellos también. Va dedicada esta línea a todos esos amigos que no sé quienes son, que no sé cómo se llaman, que no sé porque los conocí, que no sé porque los recuerdo, que no sé porque los olvido, pero que sí sé que, hubo un momento en mi vida en el que a aquella persona, no la llamé "extraño", la llamé "amigo".
Y si voy a salir, brindo conmigo mismo, ya que si algo la vida en solitario me enseñó, pues que después del primero siempre habrá un segundo trago amargo que más dulce se pone al mismo tiempo en que el panorama es borroso y no por la dificultad de la vida, sino por la cantidad de alcohol que ya hay en mi cabeza, es cierto, yo tenía una dirección y mis ojos me iban a guiar hacía ella, no podrán.
Por eso es que odio las noches de día y amo los días de noche, pues cuando ella llega, trae consigo la incertidumbre de no saber cómo proseguir, sobretodo cuando el vaso y la botella disimuladamente me miran desde la mesa de noche, siempre depende de mi, y mi problema es no saber diferenciar lo bueno de lo malo pues prefiero esconderme en la careta de "sé que no estoy bien, pero no digo que sea malo" , la evasiva invencible.
Recuerdo entonces que tú ya no estás, y quizás sea ése el motivo por el cuál prefiero dejar de escuchar los latidos de mi corazón y deseo oír únicamente el sonido del impacto del alcohol contra el vaso, que no parece presión como dicen, pero sí dolor, como lo digo yo.
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