jueves, 5 de julio de 2012

ROMANCE DE DOS VICTIMAS.

Y así me olvidaba de lo que probaba, hasta que después de conocer el amor, el de verdad, desterré el término condicionar y lo suplanté frágilmente por aquello que no conoce el limite, para que así, siempre juntos, pasemos a lo que tan prohibido ya no era, pues cuando la sensación hace que a flote salgan aquellos deseos, a los que tontamente nos privamos por la maldita culpa del bendito pudor, terminamos riendiéndonos ante toda esa excitación. El lugar, siempre el lugar, siempre importa, siempre queda, siempre se recuerda, y siempre pero siempre se evoca; y cómo no evocar las aventuras, esas sexuales, esas de mirar y evitar los moros, esas de tocar y no bajar la guardia, esas de respirar y escuchar, curiosamente las de escuchar los gemidos y olvidarse por un momento de la bulla que hasta el aire provoca, porque cuando de provocación se trata, el mar sabe que hemos pecado en su cara y sabe también que lo volveremos ha hacer cuando menos nos espere, porque nadie nos espera, simplemente llegamos.
Cuántas camas ya han sido nuestro hogar, ¿cuántas? si en todas hemos dejado la póliza del romance que se estremece entre chispazos de música, insignificantes coreografías de baile, permanente contacto y caricias que de vez en vez abren paréntesis con grandes bocanadas de humo y las cierran con un beso y un te amo.
Aquella inconfundible inmoralidad, cuando la luz no brilla por el día, sólo brilla por su ausencia en aquella oscuridad en la que nos encerremos para amarnos a oscuras al mismo tiempo en que los besos apasionados nos incitan a dejarse caer sobre el lecho comprometedor en el que caemos vencidos pero del cual siempre nos levantamos victoriosos. No hay mejor impulsor que un beso, un beso provocador en medio de la oscuridad, cuando a nuestros ojos poco o nada les importa no ver nada al rededor, pues perfectamente saben que lo único trascendental es saber que yo estoy ahí para ti y tú estás ahí para mí. El mundo se transforma cuando ya no eres tú y ya no soy yo, somos los dos. Que inigualable deseo de sentirte tan cerca de mi, tan dentro de mi, tan junto a mi, ya no eres alguien más, eres parte de mi, eres una extensión de mi cuerpo, eres mi todo, eres mi vida.
Escucharte respirar sólo se puede comparar con sentirte respirar, ¡y eso! nunca imaginé la magnitud de lo que un día dejó de ser promiscuidad para pasar a ser la sensación hecha placer más extraordinaria que jamás antes haya vivido, y es que cuando de acostarse contigo se trata, sentir amor es obligación mía. Amar y sentirse amado en medio de una forma pecaminosa cuando lo más claro es que nuestro fanatismo por explorar se convierte en un viaje sin regreso por tu cuerpo, por el mío y porque no, por ambos simultáneamente. 
Hay que mancharnos de la culpa sin sentirnos dependientes, el riesgo no parece ser riesgo, ni siquiera cuenta cuando de miedo temblamos y no por creer que pronto nos descubrirán y no podremos ser indultados, sino por aquellas atribuciones que involuntariamente surgen para tapar las imperfecciones del momento, yo no soy el dueño del circo ni mucho menos quiero ser el monito, cedamos, cedamos los dos mientras encendemos el cigarro número catorce de la tarde en medio de nuestro primer o segundo descanso más que merecido, necesario. La pasamos bien, sí, la seguiremos pasando así de bien mientras no nos desgastemos literalmente, pues los dolores son tan agradables como las secuelas de éstos. Ayudémonos a seguir descubriéndonos, ¿ cuántos secretos más habrán? ¿cuántos lugares esperan ser conquistados por nosotros? ¿cuántas partes de nuestro cuerpo aguardan con ansias sentir la sensibilidad con nuestras manos? Queda mucho por sentir, yo decía que el amor es bonito y tú me corregías, nuestro amor es bonito. Lo es, y lo seguirá siendo hasta cuando el frenesí irrumpirá nuevamente en cualquier lugar y en cualquier momento, pues nos conocemos y advertimos que la depravación que respiramos es la integridad de cada día.