sábado, 2 de julio de 2011

LO MÁS DIFÍCIL ES OLVIDAR LO FÁCIL QUE PODEMOS SER.

Yo del frío no me quejo, existen cien mil razones mucho más llamativas para hacerlo, lamento no poder realizar una lista de ellas, diría que mi pretexto es la limitación de caracteres que permiten utilizar acá, pero es falso, no sé si existe ese confín, no sé si los cuentan en realidad, sólo sé, que, la lista la llevo en mi cabeza, no en mi corazón como erróneamente me dejé engañar. Y si hablamos de mentiras, son las piadosas las que obstruyen mi peculiar accionar cuando de expresar lo contrario se trata. A veces soy muy mal agradecido con las opiniones ascendentes, otras veces me siento orgulloso de serlo, sobretodo cuando el dictamen proviene de alguien que cree saber más de lo que en realidad sabe.  ¿Existe la simpleza dentro de una sugerencia? No existe cuando el orgullo pesa más que la humillación. 
Las mentiras también me han enseñado a amoldar las circunstancias siempre a mi comodidad, siempre a mi favor y siempre en mi equipo. No son un problema hasta que un día se cansan de cargarse entre ellas y deciden rebelarse, saben dónde y cómo golpear. El momento en el que lo hacen siempre será una incógnita, una incógnita encerrada dentro de un explosivo. Las mentiras no son motivación para el aislamiento, al contrario, de una manera malévola me conectan con personas tan detestables como yo. Sí, es un circulo vicioso donde la culpabilidad cae sobre el menos protegido, que para variar siempre soy yo. Por eso y muchas cosas más, las mentiras encabezan mi lista de quejas permanentes y favoritas. Es más fácil mentir que decir la verdad, sobretodo cuando de amor que implica sinceridad se trata. Recomiendo no hacerlo y con franqueza acepto que acabo de mentir. No estoy a favor de ellas, pero tampoco voy a pregonar en su contra. Utilizarlas es destruir el alma, (sólo la mía, las de los terceros me tiene sin cuidado) pues esta se encuentra en decadencia desde que tengo uso de razón. Por eso puedo mas no quiero; sé que las confesiones ayudan a desinfectar la esencia, pero cuando la mancha negra es evidente, por más que se trate (al margen de poder hacerlo) la situación se vuelve una burla, una burla condicionada perpetuamente pero de la cual no hay que temer. Sólo yo sé cuando miento y cuando digo la verdad. Hago tan bien las dos cosas, que cada noche me sorprendo de lo bien sometida que tengo a mi alma que desde hace poco más de cinco años vive dolida conmigo. Únicamente se mantiene a mi lado porque sabe muy bien que esa es su obligación; aun nos quedan unos cuantos años para tratar de volver a poner los pies sobre el suelo, eso es a lo poco que puedo aspirar; una reconciliación a estas alturas de la vida no es un opción que quisiera considerar. Esto no acaba acá. La lista nunca se acorta, al contrario, cada día crece. A veces a paso lento, otras veces da unos gigantescos que hacen que me quede sin aliento, no por lo asombrado; si no por lo indiferente que me quedo.