Entre conceptos y teorías me deshago por partes de lo innecesario, los sueños se equivocan también, no estoy a años luces de las prácticas tal y como ellos lo aseguran. Pero aquellos supuestos sueños no son más que insuficientes comas a los que nunca aprendo a adherirme; así es, me empeño en hacerlos subsistir como si en realidad premeditaran parte del auxilio sofocante y alegrías reducidas encerradas en el circulo de la fantasía esa que empieza cada noche y finaliza por las mañanas.
No es indispensable cansarse de ellos, mucho menos acostumbrarse a deambular por la línea perpleja que de cuando en cuando les da la gana ofrecer, y es que ese perfil de fiasco disfrazado de felicidad no es más que el fraude diario de balbucear entre aturdimiento y ceguera todo aquello que por el día se metió en mi cabeza, para luego procesarlo a su antojo durante la noche. ¿Decepcionado? A veces sí, otras también, si hablamos de acostumbrarse a algo, tiene que ser necesariamente a la burla esa de no poder y querer. De no salir sin haber entrado. De no detenerse sin haber siquiera corrido. El desencanto es una fijación ilusa, una reacción de hastío ante el rechazo y el desengaño que algunas mañanas no iluminadas ofrecen. El secreto (si es que hay alguno) debe ser no dejar que los límites repriman el accionar y las tendencias que el alma, que de por si es atrevida, posee.
Un consejo: Nunca dejar de soñar, el espíritu necesita alimentarse de sueños, aunque sea contraproducente, pese a que suene dañino. Soy el único con derecho a dispararme en los pies.
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